Michel de Certeau, le voyage de l'œuvre

"Notre lieu est le monde" (Jerónimo Nadal s.j.)

Biografía

Michel de CerteauMichel-Jean-Emmanuel de la Barge de Certeau nació el 17 de mayo de 1925 en Chambéry (Saboya), primogénito de una familia de 4 hermanos (tres chicos y una chica). Su padre Hubert, un ingeniero que se dedicó más tarde a los seguros, pertenecía a la pequeña nobleza de Saboya; su madre, Antoinette de Tardy de Montravel, de una familia del Delfinado, perdió muy pronto a su madre y se vinculó a su único hermano, que se hizo benedictino en la abadía de Solesmes (Sarthe). En verano, toda la familia se instalaba en su casa de campo cerca de Saint-Pierre d'Albigny (Saboya). La granja junto a la casa era alquilada a un granjero que vivía allí todo el año con su familia. Los niños de las dos familias participaban un poco en los trabajos del verano y jugaban juntos al aire libre, en una mezcla de proximidad, de respeto mútuo y de distancia social en la tradición del Antiguo Régimen. MdC siempre estuvo muy vinculado a la antigua casa familiar, a las montañas de alrededor, a sus juegos de infancia con sus hermanos y hermana. La casa asociaba, a una parte del siglo XVII, con un reloj de sol, datado de 1659, una construcción armoniosa y masiva que subsistía de una cartuja del sigo XV. Hacia el final de su adolescencia, se sintió atraído por la vida monástica de los cartujos, su regla rigurosa, la radicalidad de su soledad sostenida por un mínimo de relaciones comunitarias; más tarde, le gustaba recordar que Ignacio de Loyola y los primeros jesuitas, como Pedro Fabro y Pedro Canisio, fueron intimados con los cartujos en París como en Colonia.

Tras haber realizado, como interno en un colegio diocesano de Saboya, pues en un colegio marista de La Seyne-sur-Mer (Var), el ciclo de enseñanza secundaria (con, como asignaturas principales, latín, griego, alemán y después filosofía en el último curso), entró en la Universidad y siguió por un tiempo la tradición medieval de la peregrinatio academica, cuando los estudiantes iban de ciudad en ciudad en pos de los grandes maestros. Su adolescencia, que había coincidido con los años oscuros de la Segunda Guerra, le hizo reflexionar sobre la responsabilidad de cada cual, sobre los límites de la adhesión a las instituciones y a las autoridades. Había leído con pasión la obra de Montesquieu y la Encyclopédie de Diderot y d’Alembert en las ediciones originales que estaban en la biblioteca heredada de un abuelo amigo de las Luces.

Como las circunstancias le habían privado de la libertad de viajar, al final de la Guerra sintió la sed de conocer otros lugares, de “respirar una bocanada de aire fresco lejos de su medio provincial” como dirá más tarde. Realizó entonces largas excursiones en bicicleta, durmiendo bajo las estrellas, alimentándose de manera frugal a base de pan, queso y chocolate (un lujo de difícil acceso durante la Guerra), bebiendo agua de manantiales o de fuentes públicas, leyendo y anotando un libro, meditando. Sin un itinerario bien establecido, iba a la aventura, parándose aquí o allá, en la plaza de un pueblo recóndito, seducido por la belleza de la luz, la música de las voces, la quietud de un día de verano. Se sentaba y dibujaba la fachada de una pequeña iglesia medieval, o la fuente del abrevadero, observando la actividad de los paisanos. Contaba haber vivido esos días de retiro reflexivo, “lejos del ruido del mundo”, pero “en el mundo”,  como decían los autores espirituales del siglo XVII. En este relato, veo la prefiguración de su gusto para observar la gente y sus prácticas  que inspirará L’invention du quotidien (1980).

IDebolezzaDelCredereEn aquel tiempo, se sometió voluntariamente a una disciplina de cuerpo y de espíritu, para hacer un mejor uso del tiempo y de la energía que le fueran acordados. Tomó bastante pronto consciencia de la fragilidad humana, aunque gozó en general de muy buena salud hasta el diagnóstico repentino, en julio de 1985, del cáncer que se lo llevó unos meses más tarde. Hasta ese momento, hizo muestra de una gran resistencia física, encadenando largas hora de trabajo, de noche y de día, viajes, participación activa en innumerables grupos de investigación. Independientemente de sus muchas tareas,  siempre fue dispuesto para acoger al visitante,  escuchar sus preguntas, leer sus textos, como si cada uno de ellos fuera un mensajero esperado desde hace tiempo. Adoptó la frugalidad en las comidas, el descanso, el sueño, al leer una antigua vida de Aristóteles, y más tarde en los apotegmas de los Padres del desierto. Practicaba esa frugalidad en todo lugar, sin  ostentación, con una elegancia discreta. En esta manera de hacer no había rastro de discursos moralizadores o de desprecio del cuerpo. El ascetismo era para él un asunto privado. Despejaba las preguntas sobre ese tema respondiendo con su “sonrisa mística” (como decían sus estudiantes en California) que no se trataba de un campeonato. Más tarde, cuando leí las Constituciones jesuitas y los grandes textos de la espiritualidad ignaciana, reconocí en su estilo de vida la marca de esa tradición.

Su principal exceso concernía su ritmo de trabajo. Pasaba largas horas con sus libros, sus manuscritos, y en la preparación de sus cursos. Leía de cerca y comentaba con delicadeza los textos recibidos de sus amigos o de sus estudiantes, y parecía siempre sorprenderse cuando alguien no lograba seguir el mismo ritmo y pedía una pausa o un retraso. Rápidamente, con una chispa de alegría en los ojos, aceptaba de buena gana, diciendo que era una idea excelente, que por otro lado tenía que terminar otro texto para el día siguiente, y dejaba el grupo para volver a su despacho. Después de su muerte, Marc Augé, entonces Presidente de la EHESS ( École des hautes études en sciences sociales, la institución en la que dirigió sus últimos seminarios en diciembre de 1985), designó en pocas palabras su semblanza: “era una inteligencia sin miedo, sin fatiga y sin orgullo”.

Estudió en las universidades públicas de Grenoble (Isère) y de París, y en el Institut catholique de Lyon entre el otoño de 1943 y la primavera de 1950, obteniendo una licencia de letras clásicas y otra de filosofía, dudando sobre el camino a seguir. En París, en el Colegio de Francia, fue uno de los raros asistentes al seminario de Jean Baruzi sobre la literatura mística, una experiencia inspiradora de la que se acordaría al desarrollar su propia lectura de los místicos del Siglo de Oro (ver La Fable mystique, I-II, 1982-2013).  Durante sus años de formación, también seguía el ciclo de estudios canónicos en los seminarios de la Iglesia católica. Se sentía llamado al servicio de Dios, pero buscaba una regla de vida y un modelo comunitario susceptibles de satisfacer su exigencia. Tras un primer año universitario en Grenoble (dónde recorrió la montaña para llevar mensajes a grupos de la Resistencia), eligió el seminario de Saint-Sulpice, instalado en Issy-les-Moulineaux, en los alrededores de París; allí estuvo en 1944-1955, volvió en 1946-1947 tras un nuevo año en Grenoble, y lo dejó con una licencia canónica de filosofía escolástica.

InventionChinoisSe trasladó entonces al Seminario universitario asociado a las Facultades católicas de Lyon (Rhône), que ofrecía un sólido programa de estudios bíblicos y de teología. En Lyon trabó relación con Henri de Lubac, un teólogo jesuita muy conocido por sus libros y por su papel durante la Resistencia espiritual. Encontró a otros jesuitas que pasaban por su residencia de Fourvière: unos se preparaban para partir a lejanas misiones (China, las dos Américas, Madagascar, el Cercano Oriente), otros volvían, y todos compartían un largo tipo de informaciones y de relatos sobre los sucesos políticos, las transformaciones sociales, los debates de la posguerra. Le impresionó la alianza ignaciana entre acción y contemplación, entre la vida intelectual y su compromiso con el mundo, la movilidad de esos religiosos entre tradición y modernidad, entre el aquí y el más allá, su apertura  de espíritu, su preocupación por el mundo contemporáneo. Pronto tuvo la impresión de haber encontrado su “lugar natural” (en el sentido aristotélico) y decidió entrar en la Compañía de Jesús tras haber obtenido su licencia canónica de teología en junio de 1950. Soñaba con ser enviado a la China.

Fue aceptado como novicio en Laval (Mayenne), en la Provincia jesuita de Francia en el otoño de 1950. A pesar de sus estudios anteriores, no fue dispensado del largo parcurso de filosofía y de teología impuesto a cada scholasticus approbatus. Sólo pudo beneficiarse de algunos recortes en el programa. Tenía de efectuar dos años de noviciado, y otro año de juvénat para estudiar la literatura. Muchos años más tarde, algunos de sus primeros compañeros se acordaban de cómo su espíritu brillante, su saber y la amplitud de sus lecturas les habían asustado. Aunque no fuera arrogante ni agresivo por querer rivalizar con otros,  su superioridad intelectual y su exigencia interior eran demasiado visibles para ser aceptadas fácilmente. De ese nuevo período de estudios, el momento más intenso fué, según su decir, el año 1953-1954 pasado en el Seminario jesuita Les Fontaines en Chantilly (Oise) cuando fue admitido, con los miembros más avanzados de su promoción, en el programa especial de filosofía dedicado a Hegel. Los happy few pasaban varias horas por día leyendo de cerca y comentando los textos de Hegel, leído en versión original, bajo la dirección del Padre Joseph Gauvin. Más tarde, se le oía repetir a menudo su gratitud hacia Gauvin, “que le había enseñado tanto”. Sus estudios jesuitas terminados con un último año en teología, fue ordenado en Lyon el 31 de julio de 1956 por Pierre, Cardenal Gerlier. En el intervalo, también realizó el ciclo requerido de experimenta jesuitas: servicio a los enfermos en un hospital de Lille (Nord), catecismo y predicación en diversas parroquias, estancia como profesor en un colegio jesuita (Vannes, Morbihan) en dónde enseñó filosofía en 1954-1955.

Esperaba entonces retomar la preparación de una tesis de doctorado sobre san Agustín, de la cuál había esbozado el proyecto antes de entrar en la Compañía. Desde hacía mucho tiempo, se interesaba en los instrumentos conceptuales y en el estilo de escritura del principal Padre latino (pace san Jerónimo y sus admiradores). Quería mostrar cómo las decisiones doctrinales de Agustín habían determinado el devenir de la cristiandad latina. Avanzaba la hipótesis según la cual, al elegir y aislar algunos elementos del corpus teológico de los Padres griegos, Agustín había remodelado la teología en una doctrina legalista y pesimista, que él había juzgado mejor adaptada a las necesidades de una cristiandad latina poco educada y cuyas instituciones debían mucho al derecho romano. Siempre le fascinó el “reempleo” (ese reciclaje transformador) de los conceptos, las instituciones, los códigos sociales y las prácticas, un reempleo que va con la historia de las sociedades humanas.

Le gustaba viajar para dar seminarios y conferencias en América Latina, un continente que descubrió brevemente en 1966, y con más tiempo en 1967. Volvió en varias ocasiones. Le gustaban especialmente Brasil y los brasileños. El relato de viaje de Jean de Léry, Histoire d'un voyage faict en la terre du Brésil (Ginebra, 1578), le inspiró un capítulo señalado en L’Écriture de l’histoire (1975). Mas tarde, esbozó un proyecto de investigación sobre los relatos de viaje entre Francia y Brasil que no tuvo la ocasión de realizar (he editado este proyecto en el volumen de Representations dedicado a su memoria en 1991). En esos países latinoamericanos, apreciaba el espíritu vivo y sutil de los intelectuales, admiraba la cultura popular y la ingeniosidad creativa de los pobres. Tuvo muchos amigos en Chile, unos fueron jesuitas comprometidos con Allende, y seguía con atención la evolución política y social del país. En septiembre de 1973, la mañana en la que Europa se enteró del golpe de estado militar llevado a cabo por el general Pinochet, debíamos encontrarnos para trabajar juntos. Llegó a nuestra cita con la mirada oscura, diciendo: “Allí es el fin. Lo van a matar [se trata de Allende] y harán lo mismo con muchos de sus partidarios”. No trabajamos aquella mañana, sino hablado de Chile, el sobre todo, muy afectado, durante más de dos horas (ver su texto en Projet, en diciembre de 1973).

Lo que le había arrastrado hacia el proyecto de doctorado sobre san Agustín, lo que tuvo tanta significación en sus encuentros en América Latina, tocaba un problema clave sobre el cuál nunca dejó de pensar y de reunir documentos. ¿Cómo es posible reunir en comunidades sociales durables a individuos con intereses opuestos? ¿Cómo construir una forma de “unión” entre personas y grupos separados por sus “diferencias” y decididos a defenderlas? De esta preocupación constante encontramos un eco en la expresión la unión en la diferencia, que dio en 1969 como subtítulo a su primero libro destinadao al gran público ( L’Étranger ou l’union dans la différence, 1969). Retomada desde otro ángulo, la misma cuestión habita todavía uno de sus últimos textos, un informe que redactó para la OCDE al fin de 1984 (ver La Prise de parole et autres écrits politiques, 1994).

El trabajo sobre san Agustín fue pronto interrumpido y jamás retomado. Sus Superiores habían cambiado de intención sobre su futuro y le pidieron que se dedicará a otro campo de estudio. Era la época en la que los jesuitas de Francia lanzaban un basto programa de investigación sobre los  autores espirituales de la Compañía en su primer siglo (1540-1650), un trabajo que debía arrojar a la  luz la espiritualidad ignaciana y del cuál el Padre Maurice Giuliani fue el principal animador. Siguiendo su voto de obediencia, MdC acepta de buen grado la nueva orientación dada a su trabajo. Para profundizar sus conocimientos sobre los siglos XVI y XVII frecuentó, en la Sorbona, seminarios de historiadores (de vez en cuando el de Alphonse Dupront, más a menudo el de Roland Mousnier) y sobre todo, en la quinta sección (consagrada a los estudios religiosos) de la EPHE (École pratique des hautes études), el de Jean Orcibal, reconocido especialista del jansenismo. Bajo la dirección de Orcibal recibía el diploma de la Escuela, y sobre la dirección del Professor Henri Gouhier, sostuvo en la Sorbona en junio de 1960 una tesis de doctorado consagrada al diario espiritual de Pedro Fabro. Oriundo de Saboya, encontrado por Ignacio de Loyola en la Universidad de París, Fabro (1506-1546) fue uno de los primeros compañeros asociados a la fundación de la Orden. Del círculo de fundadores, fue también el primero a morir de agotamiento y de pobreza, después de numerosos viajes apostólicos entre Italia, Francia, España y Alemania. Pero dejó una marca profunda entre sus contemporáneos por su dirección de almas, su práctica de los Ejercicios espirituales (Ignacio le daba mucha confianza en ese tema) y los fragmentos de su diario.

InventionFolio1Tras su tesis sobre Fabro, que fue el objeto de su primer libro (1960), una traducción introducida y comentada de manera erudita del Memorial,  MdC se tornó hacia otro jesuita del primer siglo, figura controvertida, al que dedicó largos años de trabajo y al que estuvo vinculado hasta el final. Este nuevo héroe, Jean-Joseph Surin (1600-1665), originario de Burdeos, contemporáneo de Descartes, autor de una abundante obra de espiritualidad, escrita en francés en una prosa fina y soberbia, fue célebre en su tiempo por sus cartas de dirección, cuyas copias manuscritas circulaban a través de todo el reino y más allá. Surin fue también durante los años 1634-1637 el famoso exorcista de las ursulinas poseídas de Loudun (ciudad situada hoy en la Vienne). Sobre esta escena fue el único exorcista que triunfó sobre los demonios perversos de la priora Jeanne des Anges, pero la intensidad de esta lucha le condujo a la locura en la que sucumbió por largos años. Para MdC, que reconocía en él a “uno de los más grandes místicos del siglo XVII”, Surin fue “al mismo tiempo el Don Quijote y el Hölderlin de esta “aventura extraordinaria”. Los teatros del diablo son también focos de místicos”. Antes de estudiar el episodio trágico de Loudun, Certeau hizo surgir a Surin de entre las sombras, gracias a ediciones eruditas, de todo punto notables, del Guide spirituel (1963) y de la Correspondance (1966). Su estudio comparado de las copias manuscritas y de las ediciones truncadas, sus introducciones y sus anotaciones han reconstituido la unidad de un corpus quebrado por la enfermedad de Surin, por las intervenciones de los revisores sobre sus textos, por la dispersión o la destrucción de sus manuscritos.

Su deseo de comprender el extraño destino de Surin (y aquello que la psiquiatría y la psicopatología llamaban más generalmente “fenómenos místicos”) le incitó a entrar en relación con la muy activa esfera psicoanalítica de París. Junto a  tres otros jesuítas, estuvo entre las setenta personas que participaron en la reunión de junio de 1964 en la que Jacques Lacan anunció públicamente su decisión de fundar su École freudienne.. Sin haber seguido un psicoanálisis de largo recorrido, adquirió un conocimiento profundo de ciertos escritos de Freud (del que leía a menudo el original alemán) y siguió siendo un miembro activo del medio lacaniano. Presentó y discutió algunos de sus trabajos sobre la historia de la mística en diversos encuentros de psicoanalistas; estos últimos, decía, estaban entre los mejores interlocutores sobre la mística. Su interés por Freud no se limitaba a la interpretación de los relatos místicos. También se inspiró en él en su reflexión sobre la historiografía, consagrándole la última parte de L’Écriture de l’histoire (1975), y continuó a reflexionar sobre la herencia freudiana en diversos artículos, que he reunido más tarde  en Histoire et psychanalyse entre science et fiction (1987).

En su periodo de trabajo intensivo sobre Fabro y Surin, se ocupó también de muchas otras actividades. Sus superiores le habían encomendado diversas funciones de edición en las revistas de la Compañía. De esta manera publicó numerosos artículos, crónicas y reseñas de obras. Estuvo asociado principalmente a cuatro revistas: Études, el mensual de la Compañía fundado en 1856, cuya influencia sobre las cuestiones de sociedad, de política y de cultura general se extendía más allá del medio católico; Christus, una revista trimestral creada en 1954 para aportar a los profesores de colegios jesuitas y a sus antiguos alumnos recursos de une espiritualidad ignaciana enriquecida del saber  pasado y atenta a las realidades del presente ; y dos revistas eruditas de historia religiosa y de teología,  la Revue d'ascétique et de mystique (que se transformará en 1972 en Revue d'histoire de la spiritualité y dejará de circular algunos años después),  las Recherches de science religieuse. En estas últimas revistas, publicó algunos de sus más importantes textos sobre la historiografía o sobre la historia de la mística.

Sea en razón de sus responsabilidades editoriales, que le invitaban a producir a buen ritmo artículos sólidamente informados sobre temas variados, sea porque este modo de escritura convenía bien a su forma de espíritu, y creo por las dos razones a la vez, tomó la costumbre de publicar de esta manera, en forma de artículos, una primera versión de sus trabajos de largo recorrido, versión retomada más tarde, modificada, amplificada, y transformada en capítulos de sus libros. No es que fuera incapaz de construir un proyecto de gran amplitud, o de concentrar su espíritu suficiente tiempo sobre el mismo objeto. Era, creo, una forma de humildad  Estaba siempre dispuesto a someter su trabajo a la crítica del otro y siempre deseoso de completar sus fuentes o de discutir sus interpretaciones. Estaba también vinculado al sentimiento interior de que su tiempo estaba contado, que la tarea podía en todo momento interrumpirse por defecto del escribano o bajo el peso de las circunstancias. Los destinos de Fabro o de Surin se lo habían mostrado.

Los acontecimientos familiares habían reforzado esta intuición: Jean, su hermano menor de diez  meses, un oficial diplomado de Saint-Cyr (Escuela del Ejército) murió en 1953 en un accidente sobrevenido en “service commandé”; su hermana, Marie-Amélie, que amaba con ternura, murió en 1966. Él mismo perdió un ojo en un accidente de tráfico cerca de Chambéry en agosto de 1967. En el accidente su madre murió. Su padre salió ileso. Cuando recordaba los días oscuros pasados en el hospital tras el accidente, decía que temía haberse vuelto idiota, y que suponía que sus allegados le escondían la verdad sobre su estado. Veía la prueba en sus vanos esfuerzos por leer el libro que llevaba en su mochila para esa corta visita en Saboya. Por mucho que lo intentará, no comprendía nada de lo que decían esas páginas. El libro en cuestión era la última obra de Jacques Derrida, De la grammatologie,  del cual no nos costaría pensar que no era el mejor reading test para un herido que sufría de varias fracturas, operado de la cara, y preparándose para otra operación delicada del ojo.

TableBiblioLos “eventos” sociales del Mayo de 1968 supusieron  un cambio crucial en su reflexión y su compromiso público. Al problema social del que todos se preguntaban cuál sería la salida, a la inquietud que habitaba el país, respondió rápidamente con una serie de artículos publicados en Études entre junio y octubre, reunidos en un pequeño libro a finales de octubre, cuyo título La Prise de parole y una de sus frases, “en el pasado mayo, tomamos la palabra como tomamos la Bastilla en julio de 1789”, retuvieron la atención de los medios.  De repente, lo invitaban de todas partes, en París, en la provincia, para conferencias, para emisiones de radio, para participar en comisiones oficiales de expertos encargados de sugerir una reforma de la universidad, para explicar a los responsables de instituciones la insatisfacción y los deseos de los jóvenes que bajaron a las calles. Desde entonces el tiempo de su “vida escondida” terminó. Entraba definitivamente en su “vida pública”. Pasó a circular en medios sociales más alejados de la Iglesia, fue asociado a redes intelectuales diversas, se convirtió en un autor cortejado por los periódicos y por las emisoras de radio. Sin haberlo querido, cambió de estatuto y se convirtió en una figura conocida en la escena intelectual francesa. Es el momento en el que se vincula a una nueva generación de jóvenes intellectuales, con quienes colaboraba en algunas investigaciones y que después habían hecho una brillante carrera : historiadores de la Edad moderna, como Roger Chartier (Collège de France), Dominique Julia (Médaille d’argent del CNRS), Jacques Revel (Presidente de la EHESS), y sociólogos, como Danièle Hervieu-Léger (primera Señora elegida a la Presidencia de la EHESS).

Fueron sus años más creativos, en los que llegó a combinar todos sus talentos: la amplitud de sus lecturas, la precisión de su erudición, la agilidad de su espíritu, la fuerza de su pensamiento, la agudeza de sus análisis críticos, el brillo de su estilo. A partir de 1970, publica libro tras libro: libros de historia sobre los demonios y la posesión, la historiografía, la política lingüística de la Francia revolucionaria; sus análisis de la sociedad contemporánea sobre la cultura popular y los mass media, la vida cotidiana y las prácticas culturales; pero también, fiel a su compromiso religioso, reflexiones profundas sobre la situación del cristianismo y la historia de la mística.  No dejó por tanto de publicar otros artículos a un buen ritmo.  Al mismo tiempo, fue profesor asociado en diversos lugares: a su seminario de doctorado en teología en el Institut Catholique de París (1964-1978) se añadieron cursos y seminarios en las universidades públicas creadas en respuesta a Mayo de 1968,  en Paris VIII-Vincennes (1968-1971, a donde Anne-Marie Chartier asistió al curso sobre Jean de Léry, y Elisabeth Roudinesco a un otro sobre Freud y la historia de la psicoanálisis), luego por más tiempo en Paris VII-Jussieu . En esta última universidad, su seminario de antropología cultural fue un lugar de inspiración para numerosos posgrados de Francia y de América latina,  y  el banco de pruebas donde nacieron los análisis de L’invention du quotidien (1980), alrededor de las experiencias  sociales de Olivier Mongin, Patrick Mignon, Pierre Mayol, Yann de Kerorguen, Alfonso Alfaro (venido de México), etc. Sobre su inolvidable estilo en el enseñar, ver su articulo ¿ “Qu’est-ce qu’un séminaire? ” (Esprit, 1978 ; trad. en C. Rico de Sotelo ed., Relecturas, 2006).

Una oferta inesperada le hizo entonces dejar París: de1978  a 1984, fue Full Professor en la Universidad de California, campus de San Diego, en el Departamento de Literatura, después de la salida de Louis Marin que ya se había movido a la East Cost.  Aquí me parece útil de recordar que, en los años 1970s, en los USA, los más famosos intelectuales de Francia, como Jacques Derrida, Jean-François Lyotard, Louis Marin, Michel Serres, etc., enseñaban en los Departamentos de Literatura o de Francés, mucho más interesados por los nuevos métodos y las nuevas teorías de las ciencias humanas y sociales que los Departamentos de Filosofía o de Historia.

Esta experiencia, fuera de su lengua y lejos del medio parisino, le marcó profundamente, le familiarizó con la producción anglosajona en ciencias sociales y en filosofía, le dio la ocasión de enseñar brevemente en México a la Universidad Iberoamericana donde su paso suscitó una reflexión duradera. La estancia californiana terminó con su elección  en la EHESS bajo el título “Antropología histórica de las creencias (siglos XVI -XVIII)”. Comenzó su seminario en otoño de 1984. El verano siguiente fue consagrado al tratamiento del cáncer descubierto el mes de julio. Retomó su seminario en otoño de 1985 y murió en su casa la noche del 9 de enero de 1986, despidiéndose de sus más allegados con una elegancia sonriente y serena.

Una semana después de su muerte, uno de sus antiguos estudiantes al Institut catholique  me envió un magnífico ramo de flores blancas con estas palabras: “Según san Ireneo de Lyon, la gloria de Dios es el hombre viviente. Michel fue la prueba”.